De europa en viaje

Caminar con un helado de vainilla por las calles de Dresden en marzo no es simple. Primero debes auto-convencerte que tu adicción es mayor y controlar tu razón, esa que te dice que es marzo, y Dresden está nevada (o nevado?).
Caminar sin rumbo en el frío alemán hacia el Elba es un sacrificio mayor cuando intentas sortear el barro que se produce con la nieva que se auto-inmola con severidad pero que recáe al otro día.
Esa nieve profiada que no entiende que las vitrinas ya tengan trajes de verano, tan de baños con la pelota y la arena que es el ensueño de éstas personas que caminan sin mirar a nadie por Dresden.
Curiosa ciudad que me cuentan fué intensamente bombardeada y destruida en la guerra, la segunda. No sé bien qué la destruyo más, la guerra, el comunismo, o la urgencia actuál de ser occidental.
Dresden eres tan oriental como Praga que mi urbanismo español no te reconoce caminos cuerdos.
LLegar al Elba es cruzar una ciudad en reparación constante con restos y olvidos que no sé bien si son así o quedaron olvidados en alguna de las vidas que tiene esta ciudad.
No sé bien qué haré cuando llegua al barquillo, esa parte triste de los helados, esa parte que es la mejor pero la más penosa y que te anuncia el término sabroso de un raconto infantíl del Vitamin Service, en ese tiempo me gustaban los de pistacho.
