(Mario Benedetti)
Vamos a festejarlo, vengan todos
los inocentes
los damnificados
los que gritan de noche
los que sueñan de día
los que sufen el cuerpo
los que alojan fantasmas
los que pisan descalzos
los que blasfeman y arden
los pobres congelados
los que quieren a alguien
los que nunca se olvidan
vamos a festejarlo, vengan todos
el crápula se ha muerto
se acabo el alma negra
el ladrón
el cochino
se acabo para siembre
hurra
que vengan todos, vamos a festejarlo
a no decir
la muerte
siempre lo borra todo
todo lo purifica
cualquier día
la muerte no borra nada
quedan
siempre las cicatrices
hurra
murió el cretino, vamos a festejarlo
a no llorar de vicio
que lloren sus iguales
y se traguen sus lágrimas.
Se acabo el monstruo prócer
se acabo para siempre
vamos a festejarlo
a no ponernos tibios
a no creer que este
es un muerto cualquiera
vamos a festejarlo, a no volvernos flojos
a no olvidar que este
es un muerto de mierda.
servido por Jorge
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Caminar por Berlín es extraño.
Cada cuadra es una sorpresa de modernidad, restos (aún) de la guerra, arquitectura pero sobre todo sientes que estás caminando por nuestra historia que aún escribimos.
Si hay algo especial en esta ciudad es la intención urgente de integrar a occidente (o sea a edificios más modernos especialmente) la parte oriental que ahora que estoy acá entiendo mejor.
La parte occidental fue por 50 años una isla capitalista en un país comunista.
Berlín es la herida que llevaremos siempre los que somos hijos de los 60. Somos herederos de una cagada aún sin solución y que los alemanes se hicieron cargo con coste a la economía de toda Alemania unificando un pueblo dividido artificialmente.
No dejo de pensar en que éste pueblo lejano en el trato, pero muy amable es el mismo que no hace 70 años se creyó la idea de la gran patria germana aria.
Son los nietos de esos convencidos que la vida para ellos era distinta y perfecta los que viajan junto a mi en la UBahn.
Es que si hay una culpa que tiene este maravilloso país es que lo que hacen, lo hacen bien.
Ese pecado inicial los inculpó en un ajedrez curioso donde los norteamericanos lo poco que dejaron fue el CheckPoint Charlie.
Los rusos ni decir, cada cuadra triste y fría, es oriental.
Berlín en marzo es curioso, nevado, frío y melancólico.
Caminar el Tiergarten para llegar al Siegessaüle con nieve es caminar por la historia alemana que se confunde con la mía porque al final, cuando puedes llegar acá reafirmas lo chico y cercano que es el mundo.
Es la misma emoción que después de toda una vida de ver el libros las obras de arte, de golpe estás de frente a un Picasso o un Miró.
Caminar por Berlín liberado (no sé si los alemanes lo sienten así, pero…) es emocionante y penoso a la vez.
Sobre todo cuando estás parado en la Potsdamer Platz en los restos del muro y caminas esa línea sutil que recorre aún la ciudad, anónima pero presente.
La dejan ahí para evitar el olvido. Ambos.
Berlín te regala vida, movimiento, y muchas fotos.
Subir el Reichstag y apreciar la enorme cúpula que diseñara Foster es un regalo como pocos en la vida.
Al igual que bajar por el UBahn para desplazarte por la U2, escuchando en mi iPod Jimi Hendrix.
Berlín es elegante, sucio, complejo, sofisticado (en español es masculino, será también en alemán), rápido, triste, alegre, cosmopolita, apurado, moderno, muy moderno. Es la parte loca de la vida que me trajo hasta acá el día de mi cumpleaños.
Salud Berlín!
servido por Jorge
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Hay algunas películas que son mis escenciales.
Las que se van sumando a mi lista (es corta, pero cada año crece en dos o tres) las trato de comprar.
Perdidos en Tokio es una de éstas.
Trata del encuentro entre un actor famoso cuarentón y una veinteañera y bella mina casada con un imbécil fotografo.
Ambos están en Tokio por obligación, uno trabajando en una campaña de publicidad de un Whisky la otra acompañando a su marido que es fotografo de músicos de moda.
La verdad es que no los voy agotar contandoles la película, eso te lo dejo a tí, no te la pierdas por ningún motivo.
Para mí las películas y en general el arte se acumula en mi vida y me enseña a vivir. El placer y lo que me dice la obra es la sinfonía global que acompaña mi vida.
Sin arte no podría vivir, pero estoy lejos de ese arte-impotante, me dá lo mismo!
Pa'mi el arte tiene que ver con al emoción más que con el dato histórico o aquellas sesudas interpretaciones de los críticos.
Pa'mi el cine por ejemplo es lo que mi amado padre me enseñó. Es él quién me motivó siempre a sentir antes que analizar.
Obviamente son escenciales los análisis de lo que el autor quiere decir, pero antes está la emoción.
Perdidos en Tokio, es eso para mí. Emoción por la belleza de los momentos que construyen dos solitarios en una ciudad dificl, de idioma largo e inentendible (me pasó lo mismo estando en Alemania, cómo no hilar nisiquiera una palabra), pero sobre todo en soledad absoluta.
Muchas veces me veo solo un día, mi familia se va al sur, y ahi me quedo solo llendo a mi oficina y volviendo a una casa sin ruidos, sin olores.
Esos días siento realmente "y ahora qué hago con mi soledad libre?"
Esa debe ser el sentimiento de una película bella, simple, sólida y atemporal.
Como buen arte, es una que se te mete en la vida así no más y ya ni puedes olvidarla ni vivir sin ella.
servido por Jorge
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"... a la familia cubana, la de aquí, la de allá, la de todas partes. Trato de decirle al mundo que tanto odio, tanta desilusión, tanta distancia, tanta nostalgia, tanta traición, tantas fronteras, tantas banderas, tantos gobiernos y tantas orillas se parando a la misma familia, solo nos conduce a descubrir que al final, no sirvió de nada."
Carlos Varela

Caminando por Orealy o por el Vedado. Asumiendo la revolución como una materia mía, prestada pero mía.
Ese amor donado que me dio mi padre y su vida por esta gente orgullosa y alegre, esa alegría media entrometida que vivimos el 71.
Me recuerdo en la plaza de Valparaíso, viendo a lo lejos con mis 9 añitos junto mi viejo comunista, antes durante y ahora "al" Fidel.
No sé si cada vez me es más difícil querer la revolución o es que cada vez nos hemos entregado a la desilusión del oprobio neoliberal, no sé ni nunca lo sabré ni pretendo entenderlo.
Soñar la igualdad pero escuchar la pena de un músico sin futuro que se gana la vida con su saxo de mil doscientos dolores es casi igual a mi pena enorme por, ahora mi Cuba querida.
Me duele Cuba, me revoluciona mis amores, me cuestiona la cuestión de la revolución, me caga la vida, me cuida y desprotege.
Me fui lleno de dudas sobre Cuba y me devuelvo ahora con otras dudas, las mías, las de mi vida.
Cómo hacer para que los mojitos no se te crucen en ese afán revolucionario de ni siquiera comprarte una aspirina sin convertibles?
Cómo no dejar de sentirme que ese es el paraíso pero que los hombres lo hemos descuidado tanto que no sé si sobreviviré para verlo habitado.
La Habana descuidada, vigilada, Habana negra del son y el candor. Ciudad culta y hermosa mi pena no te sirve para salvarte, porque no sé si te quieres salvar.
Malecón de noche, camino, siempre camino.
Malecón con candombe y lujuria, con alegría improvisada que huele a la verdadera alegría, esa que te brota furiosa de las entrañas cuando tu alimento es sólo el Ron, la música improvisada de los bronces que me regala esta capital y ya es de noche.
De caminar bailado de andar sigiloso, de andar “cuidao”, los habaneros no sudan como mi tarde en el Capitolio.
Ahora que estuve, me quedan más preguntas que en la partida, curioso si me alegró conocerlos, a ellos los cubanos. Pueblo bello y simple, pueblo que duda y que como los hijos de Guillermo Tell se aburrieron de la manzana en la cabeza.
servido por Jorge
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Las delicias que puedes comer en Madrid son muchas, pero hay una que me apetece siempre: alcachofas frescas (no en vinagre como porfiadamente tienen en Chile) saltadas en aceite de oliva con jamón Ibérico.
Una delicia sencilla, fácil y comprable sin verguenza (EU 8).
Cuando pases por Madrid, no dejes de ir por tus alcachofas donde el Sobrino de Botín, media cuadra de Plaza Mayor.
servido por Jorge
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Caminar con un helado de vainilla por las calles de Dresden en marzo no es simple. Primero debes auto-convencerte que tu adicción es mayor y controlar tu razón, esa que te dice que es marzo, y Dresden está nevada (o nevado?).
Caminar sin rumbo en el frío alemán hacia el Elba es un sacrificio mayor cuando intentas sortear el barro que se produce con la nieva que se auto-inmola con severidad pero que recáe al otro día.
Esa nieve profiada que no entiende que las vitrinas ya tengan trajes de verano, tan de baños con la pelota y la arena que es el ensueño de éstas personas que caminan sin mirar a nadie por Dresden.
Curiosa ciudad que me cuentan fué intensamente bombardeada y destruida en la guerra, la segunda. No sé bien qué la destruyo más, la guerra, el comunismo, o la urgencia actuál de ser occidental.
Dresden eres tan oriental como Praga que mi urbanismo español no te reconoce caminos cuerdos.
LLegar al Elba es cruzar una ciudad en reparación constante con restos y olvidos que no sé bien si son así o quedaron olvidados en alguna de las vidas que tiene esta ciudad.
No sé bien qué haré cuando llegua al barquillo, esa parte triste de los helados, esa parte que es la mejor pero la más penosa y que te anuncia el término sabroso de un raconto infantíl del Vitamin Service, en ese tiempo me gustaban los de pistacho.
servido por Jorge
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